Escribir también es una forma de acompañar.
Desde hace un tiempo, he ido desarrollando una línea editorial que refleja mi forma de estar en consulta: sobria, ética, emocional y centrada en el vínculo.
No escribo desde la teoría abstracta ni desde el marketing. Escribo desde la experiencia clínica, desde las preguntas que surgen en los procesos reales, desde los silencios que también dicen.
En este espacio comparto algunos de esos materiales que ya puedes ver en la red: publicaciones breves que interpelan, series que recogen momentos transformadores, dilemas que no aparecen en los manuales.
No son respuestas cerradas, sino invitaciones a pensar, sentir y conversar. Porque la psicología también se construye en lo que compartimos.
🧭 ¿Qué podrías ir viendo más adelante?
Serie “Lo que no aparece en los manuales”
Serie “Momentos que transforman”
Publicaciones breves con resonancia emocional
Mapa de resonancia editorial (según tipo de contenido y perfil profesional)
Dicen que si algo no cambia, es que todo cambia. La vida está hecha de procesos, de transiciones, de ciclos que se abren y se cierran.
Cada etapa nos confronta con pérdidas y con la necesidad de soltar, pero también nos abre a nuevas posibilidades.
¿Qué dice la psicología?
El enfoque del ciclo vital nos recuerda que el desarrollo humano es continuo, multidimensional y lleno de transiciones necesarias (Baltes, Reese, & Schaie, 1977).
Cerrar un ciclo implica dejar una parte de nosotros atrás. Abrir otro nos expone a lo nuevo, con incertidumbre, miedo e inseguridad… pero también con ilusión, experiencia y esfuerzo.
¿Cómo lo uso en consulta?
Como psicólogo, esta vivencia me acompaña en el trabajo clínico.
Me permite comprender mejor a quienes llegan con la sensación de no poder más, de estar saturados, de vivir en un ritmo que no les deja respirar.
La vulnerabilidad que yo mismo experimento —levantarse pensando que no se podrá con el día, acostarse repasando lo que faltó, noches en vela sobreviviendo con compañeros— me ayuda a estar más cerca de quienes atraviesan lo mismo.
¿Y qué hago fuera?
Fuera de la clínica, este enfoque me ayuda a vivir con más conciencia y resiliencia.
Aceptar que la vida son ciclos me permite normalizar la dificultad de las transiciones y sostenerlas con valentía.
Lo que aprendo en mi propio camino lo llevo al trabajo. Y lo que acompaño en consulta me ayuda a sostener mi vida.
Las transiciones son complicadas, sí. Pero también son oportunidades para crecer, reinventarse y abrir espacio a lo que viene.
Este newsletter nació para acompañar esos comienzos. Para pensar juntos cómo escuchar lo que duele, cómo sostener lo que pesa y cómo dar forma a lo que empieza.
Si alguna vez te has sentido así, este espacio también es tuyo. Únete, comparte, participa. Porque cada ciclo que se abre merece ser acompañado.
Firma y enlaces de contacto
Gracias por leer. Si este texto te resonó, puedes compartirlo o escribirme:
🌐 Página personal
📸 Instagram (añade tu usuario exacto)
📍 Google Business
▶️ YouTube (con tus vídeos del libro y el de relajación)
📖 Referencia APA 7:
Baltes, P. B., Reese, H. W., & Schaie, K. W. (1977). Life-span developmental psychology: Introduction to research methods. Hillsdale, NJ: Erlbaum.
✨ ¿Te has preguntado desde cuándo sentimos atracción por las vidas ajenas?
Seguramente algún historiador podría decirnos que desde siempre.
Yo no soy experto en ello, pero imagino que es algo que nos acompaña desde el origen.
📖 Las epopeyas, los mitos, las biografías de héroes y santos… todas ellas son relatos de vidas ajenas que nos han servido para aprender, para proyectar deseos y miedos, para construir identidad colectiva.
Hoy parece una novedad, pero en esencia es lo mismo.
La diferencia está en los medios: la facilidad, la rapidez, los filtros.
Ahora las vidas de los famosos, influencers o personajes televisivos llegan a nosotros en segundos, amplificadas y editadas.
Pero la necesidad de mirar sigue siendo la misma.
¿Piensas que solo miramos a los famosos?
En realidad también comparamos con nuestro entorno: familiares, amigos, vecinos.
La psicología cognitiva lo llama heurístico de anclaje y ajuste (Tversky & Kahneman, 1974).
Tomamos una imagen idealizada —la vida pública de un famoso, el éxito aparente de un colega— y desde ahí ajustamos la percepción de nuestra propia vida.
⚠️ El problema es que esa imagen rara vez es real.
Y cuando la contrastamos con un entorno que no siempre encaja, aparecen las costuras:
La presión de estar a la altura.
La frustración de no cumplir expectativas.
La sensación de que lo propio nunca basta.
Festinger (1954): miramos a otros para compararnos.
Bandura (1977): aprendemos de lo que admiramos y tememos.
Campbell (1949): los relatos heroicos han sido siempre espejos colectivos.
En el fondo, lo que nos atrae de las vidas ajenas no es tanto su brillo o su tragedia, sino lo que dicen de nosotros mismos.
Para descubrirlo, es necesario que te respondas al menos a estas tres sencillas preguntas:
1️⃣ ¿Qué me dice de mis deseos lo que admiro en ellos?
2️⃣ ¿Qué me revela de mis miedos lo que temo en sus caídas?
3️⃣ ¿Qué gesto mínimo puedo aplicar en mi vida para acompañar, en vez de solo observar?
Las vidas ajenas, grandes o pequeñas, siempre nos han acompañado.
No son solo espectáculo: son reflejo.
Y en ese reflejo, si lo miramos con atención, podemos descubrir algo de nosotros mismos.
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.
Campbell, J. (1949). The hero with a thousand faces. Princeton, NJ: Princeton University Press.
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140. https://doi.org/10.1177/001872675400700202
Tversky, A., & Kahneman, D. (1974). Judgment under uncertainty: Heuristics and biases. Science, 185(4157), 1124–1131. https://doi.org/10.1126/science.185.4157.1124
👉 Si este texto te resonó, dedica unos minutos a responder las tres preguntas. Escríbelas, compártelas o simplemente reflexiona sobre ellas. La conciencia empieza en un gesto mínimo.
Gracias por leer.
🌐 Página personal
📸 Instagram
📍 Google Business
▶️ YouTube
Hay una verdad incómoda que llevo tiempo viendo en mi vida, en mi entorno y en consulta: envejecer se ha convertido en un riesgo laboral.
No hablo de cumplir 60. Ni siquiera de cumplir 50. A veces basta con llegar a los 40. Y en algunos sectores, incluso a los 30 ya eres “caro”, “lento”, “poco flexible”, “difícil de recolocar”.
Eres invisible.
Lo he vivido yo. Lo han vivido personas muy cercanas. Y lo veo cada semana en consulta. Puede que estés conviviendo justo con esto ahora; es tan probable que así sea que dudo que no lo sea.
Nos toca convivir con un sistema que te exige formarte, esforzarte, reinventarte… Te cuentan una historia en la que, si lo haces, alcanzarás grandes cotas. Con esfuerzo, empeño, trabajo, podrás tener un presente y un futuro mejor. Solo tienes que dejarte la piel, parte de tu vida y de tu salud. Pero ¿qué más da si el premio es tan elevado?
Ese premio rara vez llega. Y casi nunca es como nos contaron que sería.
Mientras tanto, te van cerrando puertas. El reloj y el calendario avanzan. Década a década, tus sueños se van cayendo como las hojas en otoño, anunciando el invierno sin la protección de aquello que perdiste.
En este sistema se te quiere joven, barato, disponible y, sobre todo, prescindible.
Y mientras tanto, acumulas experiencia, cicatrices, responsabilidades o simplemente tiempo… pero, de forma irremediable, te empuja siempre hacia los márgenes.
Y sientes que si sales fuera del sistema, no tienes ninguna esperanza. Y menos aún de volver a entrar.
Después de convivir con años de trabajos precarios, de golpes, de sobrevivir como se podía, por fin estoy ejerciendo como psicólogo.
Por fin hago lo que me gusta. Por fin estoy donde quería estar. Es una alegría, y tendría que ser suficiente.
Pero no.
Muchas veces no alcanza para sobrevivir, y menos aún para vivir con tranquilidad.
Convives con pacientes que apenas te dejan algo, pagando a cambio un precio muy alto de ti. O, si tienes la “fortuna”, puedes despachar, pero a ritmos que hacen imposible sostener el tiempo y la calidad que cada persona merece, a cambio de casi nada.
Añade desplazamientos, costes, alquileres, seguros, cuotas, publicidad, materiales, formaciones, horas invisibles de preparación…
Contratos donde siempre eres la parte más débil, asumiendo todos los riesgos y recibiendo muy poco a cambio.
Y mientras tanto, toca sostener procesos de personas que muchas veces están como tú: rotas, agotadas, intentando sobrevivir dentro del mismo sistema que me atraviesa a mí.
Lo veo en amigos, familiares, compañeros. Personas con experiencia que, cuando pierden su empleo, descubren que volver a entrar es casi imposible. Personas que —si no las descarta una máquina, que es lo más probable— encadenan entrevistas donde les dicen que están “sobrecualificados”, “desactualizados” o “no encajan con el perfil joven del equipo”.
Personas que han trabajado toda su vida y ahora se sienten invisibles. Personas que no pueden jubilarse porque no han cotizado lo suficiente, pero tampoco pueden trabajar porque ya no son “atractivas” para el mercado.
Personas atrapadas en un limbo cruel: demasiado jóvenes para jubilarse, demasiado mayores para que las contraten.
Y luego está lo que veo cada semana en consulta.
Personas que llegan agotadas, con la autoestima hecha polvo, convencidas de que el problema son ellas. Personas descartadas por edad, por ritmo, por no poder competir con un mercado que exige disponibilidad total, salarios mínimos y cero estabilidad.
Personas que sienten vergüenza por no poder con todo. Personas que se culpan por no encontrar trabajo, por no mantenerlo, por no rendir al ritmo que el sistema exige.
Y yo estoy ahí, acompañando, sosteniendo, escuchando… pero sabiendo que no tengo una solución mágica. Que no puedo cambiar un sistema que penaliza lo humano. Que no puedo ofrecer certezas donde solo hay incertidumbre. Que, igual que ellas, yo también convivo con esa misma precariedad.
Y aun así, tengo que sostenerlas. Con honestidad. Con cuidado. Con la verdad por delante.
Lo que más duele no es solo la precariedad. Es la sensación de que no hay margen. De que el sistema está roto y tú envejeces dentro de él. De que tu valor se mide en función de tu juventud, tu velocidad y tu capacidad de aguantar sin quejarte.
Y mientras tanto, seguimos adelante. Porque no queda otra. Porque hay que vivir. Porque hay que sostener a otros mientras intentamos sostenernos a nosotros mismos.
La certeza de que no estamos solos. De que esto no es un fallo individual, sino una herida colectiva. De que envejecer no debería ser un castigo. De que trabajar no debería ser un acto heroico. De que la dignidad no debería depender de la edad.
No escribo esto para dar respuestas. Escribo para nombrar lo que muchos viven en silencio. Para poner palabras donde otros solo sienten culpa. Para recordar que lo humano —envejecer, cansarse, necesitar estabilidad— no es un defecto.
Es la vida.
Y la vida merece ser sostenida, no castigada.
Daniel Lozano Rivada www.daniellozanorivada.es
Vivimos en una sociedad en la que todo sucede a un ritmo demencial.
Un mundo lleno de filtros —visuales, emocionales, sociales— que suavizan la superficie mientras endurecen la vida por dentro. Un mundo de exposición constante, donde todo se muestra y casi nada se sostiene. Un mundo que fomenta la autocrítica feroz, la comparación permanente y la sensación de que nunca es suficiente.
Cada vez hay menos conexión física y real.
Las relaciones se vuelven más líquidas, más rápidas, más frías.
Todo pasa deprisa, todo se exige deprisa, todo se rompe deprisa.
Y en medio de ese ruido, muchas personas siguen sosteniendo.
Sostienen trabajos, familias, expectativas, ritmos imposibles.
Sostienen incluso cuando su entorno no sostiene nada de vuelta.
Sostienen hasta que algo dentro empieza a quebrarse.
En consulta veo a menudo las consecuencias de esta presión silenciosa: personas agotadas, rotas, convencidas de que “deberían poder con todo”. No llegan porque fallaron. Llegan porque nadie puede resistir indefinidamente un sistema que no deja lugar para la fragilidad.
La cultura del rendimiento ha convertido el bienestar en una obligación.
No basta con vivir: hay que funcionar, producir, adaptarse, sonreír, no molestar, no frenar. Incluso cuando la vida se desordena —una pérdida, un conflicto, un cansancio profundo— la consigna es la misma: “tienes que seguir”.
Y quien no puede, se siente culpable.
Este mandato social tiene un coste enorme:
la gente deja de escucharse, deja de pedir ayuda, deja de reconocer que algo duele.
Se normaliza el malestar hasta que el cuerpo o la mente dicen basta.
Acompaño a personas que han sostenido más de lo que cualquier ser humano puede sostener.
No porque quieran demostrar nada, sino porque no han tenido otra opción.
Sostienen a sus familias, a sus parejas, a sus trabajos, a sus responsabilidades.
Sostienen expectativas ajenas, ritmos imposibles, silencios que pesan.
Sostienen incluso cuando su entorno no sostiene nada de vuelta.
Y cuando por fin llegan a consulta, llegan cansadas de ser fuertes.
Cansadas de no tener un lugar donde aflojar.
Cansadas de vivir en un sistema que exige perfección mientras se desmorona por dentro.
No están rotas por dentro:
están rotas por fuera, por un entorno que no permite descansar.
A todo esto se suma algo que atraviesa profundamente la experiencia de muchas personas:
la incomprensión social hacia la salud mental.
Vivimos en un entorno que todavía no entiende del todo lo que significa enfermar psicológicamente.
Se sigue viendo como un exceso, una exageración, una falta de voluntad.
A veces incluso como un privilegio o una excusa.
“Te estás aprovechando.”
“Le estás echando morro.”
“Eso se arregla saliendo más.”
“Tienes que poner de tu parte.”
“El problema eres tú.”
Y cuando alguien escucha esto durante demasiado tiempo, empieza a creérselo.
Porque no solo es que estés roto:
es que apenas entiendes lo que te pasa, apenas puedes aceptarlo, y además recibes el mensaje de que es culpa tuya.
La sociedad confirma tus peores miedos: que no deberías sentirte así, que estás fallando, que podrías evitarlo si quisieras.
Ese doble golpe —sufrir y ser culpado por sufrir— deja a muchas personas sin un lugar donde apoyarse.
Sin legitimidad para pedir ayuda.
Sin permiso para estar mal.
Y es ahí donde la consulta se convierte, muchas veces, en el primer espacio donde alguien puede decir:
“No puedo más.”
y no recibir juicio, ni soluciones rápidas, ni reproches.
Solo presencia.
Y aquí aparece una verdad que rara vez se dice:
los terapeutas también habitamos esta misma sociedad.
También vivimos sus ritmos, sus exigencias, sus contradicciones.
También nos cansamos, también nos atraviesa la intemperie.
Aun así, nuestro trabajo consiste en crear un espacio que no se parece al mundo de fuera:
un espacio tranquilo, seguro, confiable, donde no hace falta rendir ni demostrar nada.
Un espacio donde alguien puede, por fin, dejar de sostenerlo todo.
Esa es la paradoja:
sostener a otros mientras tú mismo navegas un entorno que apenas sostiene.
Pero quizá ahí reside la esencia del trabajo clínico:
no ofrecer perfección, sino presencia.
No ofrecer soluciones rápidas, sino un lugar donde lo que duele puede ser dicho sin miedo.
No ofrecer un mundo ideal, sino un espacio real donde algo empieza a aliviarse.
En un sistema que exige fortaleza constante, acompañar se convierte en un acto profundamente humano.
Un gesto sencillo, pero radical:
crear un lugar donde alguien pueda descansar un momento de sí mismo.
Daniel Lozano Rivada
Psicólogo General Sanitario
www.daniellozanorivada.es