Antes de hablar de sufrimiento y felicidad, conviene intentar algo que parece sencillo pero no lo es: definir qué es “ser feliz” y qué es “sufrir”.
Si acudimos a la RAE, encontramos definiciones muy simples:
Felicidad: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”.
Sufrimiento: “Padecimiento, dolor, pena”.
Son definiciones útiles, pero insuficientes. La experiencia humana es más compleja que una frase. La felicidad no es un rasgo estable, no es un atributo permanente, no es un “para siempre”. Es un estado, algo fluctuante, limitado, que aparece y desaparece.
Y esto tiene una explicación biológica clara: nos habituamos rápido a lo agradable. La neurociencia lo llama adaptación hedónica (Brickman & Campbell, 1971). Lo que hoy nos produce placer, mañana se convierte en línea base. Comida, compras, experiencias, logros… todo se normaliza.
La felicidad entendida como “sentirse bien todo el tiempo” es, por tanto, una expectativa imposible.
La idea de que la vida incluye sufrimiento no es moderna. Tradiciones filosóficas como el budismo ya hablaban de dukkha: la insatisfacción inherente a la existencia. La filosofía estoica también asumía que el dolor es inevitable, pero que la relación con él es entrenable.
La psicología contemporánea ha llegado a conclusiones similares, pero con evidencia empírica. Modelos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (Hayes, Strosahl & Wilson, 2012) muestran que la evitación experiencial —el intento de no sentir lo que sentimos— es uno de los predictores más fuertes de malestar psicológico (Hayes et al., 1996).
No porque sentir sea dañino, sino porque luchar contra lo que sentimos nos deja atrapados.
Cuando aparecen palabras como “nunca” o “siempre”, solemos responder “depende”. Pero aquí no hay matices: no.
No existe una vida sin sufrimiento.
No existe una vida sin pérdida.
No existe una vida sin incertidumbre.
La pregunta no es si sufriremos, sino cómo nos relacionamos con ese sufrimiento.
Vivimos en una sociedad profundamente hedónica: consumo rápido, alivio inmediato, experiencias empaquetadas, bienestar pagable. Una cultura que nos promete que, si evitamos todo lo que duele, encontraremos la felicidad.
Pero ocurre lo contrario: cuanto más intentamos expulsar el sufrimiento de nuestra vida, más nos duele vivirla.
La investigación lo confirma. La evitación emocional está asociada a:
mayor ansiedad (Barlow et al., 2011),
mayor depresión (Aldao, Nolen‑Hoeksema & Schweizer, 2010),
mayor reactividad fisiológica (Campbell‑Sills et al., 2006).
La evitación no nos protege. Nos encierra.
Aquí está uno de los puntos más importantes:
no estar feliz no significa estar sufriendo.
Entre la felicidad y el sufrimiento existe un territorio enorme:
la calma, la neutralidad, la presencia, la vida cotidiana, la simpleza, el descanso, la conexión, la coherencia.
La psicología positiva contemporánea lo ha mostrado con claridad: el bienestar no depende solo de emociones agradables, sino de sentido, valores, vínculos y acción comprometida (Seligman, 2011).
La felicidad es solo una parte del todo.
El sufrimiento también.
Pero ninguno define por sí solo la vida.
En consulta lo veo cada semana: personas que han hecho todo lo posible por no sufrir. Trabajar más, distraerse más, exigirse más, anestesiarse más. Y, sin embargo, cuanto más se alejan de su dolor, más se alejan también de su vida.
Y yo mismo, como psicólogo y como persona, no estoy fuera de esto. Formo parte de la misma sociedad, convivo con las mismas presiones, tengo mis propios momentos de evitación, mis propias luchas internas. No hablo desde un lugar externo o superior, sino desde la experiencia humana compartida y desde el trabajo clínico diario.
La evidencia es consistente: la evitación del malestar refuerza el malestar. Lo amplifica. Lo hace más grande. Y reduce nuestra capacidad de actuar en dirección a lo que importa.
En cambio, cuando una persona empieza a relacionarse de otra manera con su dolor —sin juzgarlo, sin pelearse con él, sin intentar controlarlo todo— algo se abre.
No desaparece el sufrimiento.
Aparece espacio.
Y en ese espacio, la posibilidad real de moverse hacia lo que importa.
Sí.
Porque la felicidad no es la ausencia de dolor.
Es la capacidad de vivir sin huir de uno mismo.
Nombrar lo que sientes reduce la carga emocional. La identificación emocional disminuye la reactividad fisiológica (Lieberman et al., 2007).
Observar sin juzgar cambia la relación con la experiencia interna. La atención plena no elimina el dolor, pero reduce la lucha contra él (Kabat‑Zinn, 1990).
El sufrimiento tiene función. Preguntarte “¿qué está intentando proteger esto en mí?” abre un espacio de comprensión.
El dolor no es una señal de fracaso. Es una señal de que algo importa.
La acción valiosa es posible incluso con malestar. No necesitas estar bien para empezar a vivir mejor.
Si necesitas un espacio para empezar a relacionarte de otra manera con tu sufrimiento, podemos trabajarlo juntos.
Puedes reservar una primera sesión aquí:
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