Hay una verdad incómoda que llevo tiempo viendo en mi vida, en mi entorno y en consulta: envejecer se ha convertido en un riesgo laboral.
No hablo de cumplir 60. Ni siquiera de cumplir 50. A veces basta con llegar a los 40. Y en algunos sectores, incluso a los 30 ya eres “caro”, “lento”, “poco flexible”, “difícil de recolocar”.
Eres invisible.
Lo he vivido yo. Lo han vivido personas muy cercanas. Y lo veo cada semana en consulta. Puede que estés conviviendo justo con esto ahora; es tan probable que así sea que dudo que no lo sea.
Nos toca convivir con un sistema que te exige formarte, esforzarte, reinventarte… Te cuentan una historia en la que, si lo haces, alcanzarás grandes cotas. Con esfuerzo, empeño, trabajo, podrás tener un presente y un futuro mejor. Solo tienes que dejarte la piel, parte de tu vida y de tu salud. Pero ¿qué más da si el premio es tan elevado?
Ese premio rara vez llega. Y casi nunca es como nos contaron que sería.
Mientras tanto, te van cerrando puertas. El reloj y el calendario avanzan. Década a década, tus sueños se van cayendo como las hojas en otoño, anunciando el invierno sin la protección de aquello que perdiste.
En este sistema se te quiere joven, barato, disponible y, sobre todo, prescindible.
Y mientras tanto, acumulas experiencia, cicatrices, responsabilidades o simplemente tiempo… pero, de forma irremediable, te empuja siempre hacia los márgenes.
Y sientes que si sales fuera del sistema, no tienes ninguna esperanza. Y menos aún de volver a entrar.
Después de convivir con años de trabajos precarios, de golpes, de sobrevivir como se podía, por fin estoy ejerciendo como psicólogo.
Por fin hago lo que me gusta. Por fin estoy donde quería estar. Es una alegría, y tendría que ser suficiente.
Pero no.
Muchas veces no alcanza para sobrevivir, y menos aún para vivir con tranquilidad.
Convives con pacientes que apenas te dejan algo, pagando a cambio un precio muy alto de ti. O, si tienes la “fortuna”, puedes despachar, pero a ritmos que hacen imposible sostener el tiempo y la calidad que cada persona merece, a cambio de casi nada.
Añade desplazamientos, costes, alquileres, seguros, cuotas, publicidad, materiales, formaciones, horas invisibles de preparación…
Contratos donde siempre eres la parte más débil, asumiendo todos los riesgos y recibiendo muy poco a cambio.
Y mientras tanto, toca sostener procesos de personas que muchas veces están como tú: rotas, agotadas, intentando sobrevivir dentro del mismo sistema que me atraviesa a mí.
Lo veo en amigos, familiares, compañeros. Personas con experiencia que, cuando pierden su empleo, descubren que volver a entrar es casi imposible. Personas que —si no las descarta una máquina, que es lo más probable— encadenan entrevistas donde les dicen que están “sobrecualificados”, “desactualizados” o “no encajan con el perfil joven del equipo”.
Personas que han trabajado toda su vida y ahora se sienten invisibles. Personas que no pueden jubilarse porque no han cotizado lo suficiente, pero tampoco pueden trabajar porque ya no son “atractivas” para el mercado.
Personas atrapadas en un limbo cruel: demasiado jóvenes para jubilarse, demasiado mayores para que las contraten.
Y luego está lo que veo cada semana en consulta.
Personas que llegan agotadas, con la autoestima hecha polvo, convencidas de que el problema son ellas. Personas descartadas por edad, por ritmo, por no poder competir con un mercado que exige disponibilidad total, salarios mínimos y cero estabilidad.
Personas que sienten vergüenza por no poder con todo. Personas que se culpan por no encontrar trabajo, por no mantenerlo, por no rendir al ritmo que el sistema exige.
Y yo estoy ahí, acompañando, sosteniendo, escuchando… pero sabiendo que no tengo una solución mágica. Que no puedo cambiar un sistema que penaliza lo humano. Que no puedo ofrecer certezas donde solo hay incertidumbre. Que, igual que ellas, yo también convivo con esa misma precariedad.
Y aun así, tengo que sostenerlas. Con honestidad. Con cuidado. Con la verdad por delante.
Lo que más duele no es solo la precariedad. Es la sensación de que no hay margen. De que el sistema está roto y tú envejeces dentro de él. De que tu valor se mide en función de tu juventud, tu velocidad y tu capacidad de aguantar sin quejarte.
Y mientras tanto, seguimos adelante. Porque no queda otra. Porque hay que vivir. Porque hay que sostener a otros mientras intentamos sostenernos a nosotros mismos.
La certeza de que no estamos solos. De que esto no es un fallo individual, sino una herida colectiva. De que envejecer no debería ser un castigo. De que trabajar no debería ser un acto heroico. De que la dignidad no debería depender de la edad.
No escribo esto para dar respuestas. Escribo para nombrar lo que muchos viven en silencio. Para poner palabras donde otros solo sienten culpa. Para recordar que lo humano —envejecer, cansarse, necesitar estabilidad— no es un defecto.
Es la vida.
Y la vida merece ser sostenida, no castigada.
Daniel Lozano Rivada www.daniellozanorivada.es