Antes de hablar, casi siempre aparece el miedo:
“¿Y si no sé explicarlo?”
Ese pensamiento lo escucho más veces de las que la gente imagina.
Y no solo en la primera sesión.
A veces aparece después de meses.
A veces después de años.
A veces incluso cuando ya hay un vínculo sólido.
Porque hay cosas que cuesta nombrar.
Cosas que pesan.
Cosas que dan vergüenza.
Cosas que generan culpa aunque no debería haberla.
Cosas que uno teme que no le crean.
Cosas que ni siquiera uno mismo entiende del todo.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando algo dentro se mueve.
Cuando aparece la idea de pedir ayuda.
Cuando uno se permite pensar:
“Quizá necesito hablar con alguien.”
Cuando se cruza ese límite silencioso entre aguantar y buscar apoyo.
Y a veces, ese movimiento ocurre porque la persona sabe que hay alguien ahí.
No encima.
No insistiendo.
No empujando.
Simplemente presente.
En la órbita.
Cerca sin invadir.
Disponible sin exigir.
Como una puerta que sabes que puedes abrir cuando llegue tu momento.
Ese es el verdadero primer paso.
Yo recojo el relevo después, pero el inicio ya estaba en marcha.
1. La persona que ha vivido algo muy duro.
No lo cuenta en la primera sesión.
Ni en la segunda.
Ni en la quinta.
A veces llega como un susurro:
“Hubo algo que me marcó.”
A veces llega con miedo a no ser creída.
A veces llega con culpa que no le pertenece.
A veces llega con la sensación de que ponerlo en palabras lo hará demasiado real.
2. La persona que lleva mucho tiempo en terapia y un día se atreve a decir algo nuevo.
Hace poco, un paciente con el que llevo años me habló por primera vez de un tema sexual con su pareja.
Le daba tanta vergüenza que apenas podía ponerle nombre.
No era falta de confianza.
Era miedo a abrir algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
3. La persona que nunca ha contado lo que le pasa a nadie.
Ni a su familia.
Ni a sus amigos.
Ni a su pareja.
Y cuando llega a consulta, lo primero que dice es:
“No sé si voy a poder contarlo.”
Y está bien.
Porque el proceso empieza ahí: en el intento, no en la perfección.
Cuando yo fui paciente, tardé mucho en atreverme a hablar de un tema muy difícil.
Al principio fue solo un susurro.
Con miedo.
Con inseguridad.
Con la sensación de que quizá no me creerían.
Con la duda de si tenía derecho a contarlo.
Y eso me enseñó algo que nunca he olvidado:
hablar no es fácil, incluso en un espacio seguro.
Y por eso mi trabajo no es empujar, sino acompañar.
Que la persona sienta que puede hablar cuando esté lista.
Que puede poner nombre a lo que pesa sin miedo a ser juzgada.
Que puede avanzar sin sentirse empujada.
Que puede sostener lo que duele sin romperse.
El inicio real de una relación clínica no es una sesión.
Es un movimiento interno que empieza mucho antes.
Y es un espacio donde alguien puede empezar a hablar… incluso cuando no sabe cómo hacerlo.
Un lugar donde poder hablar de lo que pesa y cuesta decir.
¿Me permites acompañarte en una primera conversación?
Después, sin coste, sin compromiso, solo darnos la oportunidad de conocernos.
Y luego decides lo que te parezca mejor.
Daniel Lozano Rivada – Psicólogo General Sanitario
www.daniellozanorivada.es