Mi historia —como la de tantas personas— no está hecha de líneas rectas.
Está hecha de curvas, de tropiezos, de trabajos que no eran lo que prometían, de sueños que se deshacían justo cuando parecía que por fin iban a sostenerse.
Durante años, mi vida laboral fue una sucesión de empleos que no me daban futuro, de proyectos que se caían antes de empezar, de promesas que se evaporaban.
Y mientras tanto, yo iba bajando escalón a escalón hacia un lugar que nunca imaginé para mí, pero en el que acabé viviendo demasiado tiempo.
La precariedad no era una etapa: era el paisaje.
Y cada intento de salir parecía costar una vida.
Hasta que un día, con la sensación de tener solo una bala en la recámara, decidí apostar por mí: estudiar, formarme, intentar construir un futuro que no sabía si existía, pero que necesitaba creer que podía crear.
Ese camino fue duro.
No por falta de ganas, sino por falta de aire.
Pero seguí.
Y cuando por fin llegué a ejercer aquello para lo que tanto había luchado, sentí algo parecido a tocar tierra firme después de años nadando a contracorriente.
Y aun así, la vida volvió a moverse sin avisar.
Una etapa terminó de forma abrupta, sin que yo lo eligiera, sin que estuviera preparado.
No voy a entrar en detalles.
No hace falta.
Lo importante no es cómo terminó algo, sino lo que empezó después.
Porque cuando algo se rompe sin que tú lo decidas, tienes dos opciones:
quedarte mirando los restos o empezar a construir con lo que queda.
Y yo, sin red, sin garantías, sin un plan perfecto, elegí lo segundo.
No por valentía.
Por necesidad.
Por dignidad.
Por no volver a ese lugar del que tanto me costó salir.
El camino desde entonces ha sido una mezcla de vértigo, cansancio, incertidumbre y una determinación que no sabía que tenía.
Pero también ha sido un camino de descubrimiento.
Hoy no estoy en la zona de emergencia.
Tampoco estoy en la estabilidad plena.
Estoy en ese lugar intermedio donde ya no vives apagando incendios, pero sigues caminando con cuidado.
Y aun así, algo ha cambiado profundamente.
Porque ahora miro hacia atrás y veo a ese “yo” que creía que no podía, que dudaba de todo, que vivía con miedo, que se sostenía como podía…
y lo miro con una ternura inmensa.
Me gustaría decirle:
“Ahora no lo puedes ver, pero saldrás.
Y saldrás más fuerte.
Pero antes tendrás que atravesar este camino para poder llegar aquí.
Gracias por haberlo hecho.”
Ese es uno de los regalos de la psicología:
poder mirar atrás sin castigarte, poder mirar adelante sin exigirte, poder mirarte hoy con un poco más de compasión.
Y quizá por eso, cuando alguien me cuenta su historia, puedo reconocer algo de la mía.
No porque sea igual, sino porque sé lo que es caminar con miedo, reconstruirse sin garantías y seguir adelante incluso cuando no queda mucha fuerza.
Si algo de esto te resuena, si te ves en alguna parte del camino, aquí tienes un espacio donde poder poner palabras a lo que estás viviendo.
A veces, empezar por contarlo ya es un acto de cuidado.
Daniel Lozano Rivada